Todos cortamos el mismo viento
Dejamos de crecer en estatura hace rato, pero por dentro... por dentro seguimos aumentando cilindrada.
Si estás leyendo esto, sabes perfectamente de qué hablo. No hace falta explicártelo demasiado: es esa chispa en la boca del estómago cuando el motor despierta, la vibración que sube por los puños hasta los hombros, y la manera en que el mundo vuelve a ordenarse tan pronto cierras la visera del casco.
Afuera nos etiquetan todo el tiempo. Que si tu moto es pequeña, que si es de trabajo, que si es de alto cilindraje, que si viste de cuero o de textil. Pero cuando el semáforo cambia a verde o el asfalto de la ciudad se convierte en carretera abierta, todas esas etiquetas de catálogo desaparecen por completo.
A la ruta le importa un carajo la marca del tanque. Da igual si llevas un motor pequeño que ruge agudo en cada subida o una bestia que hace temblar el suelo cuando aceleras: el tirón en el pecho cuando sueltas el embrague y la rueda trasera muerde el asfalto es exactamente el mismo.
Es la misma lluvia helada golpeando en la cara.
Esquivar un hueco traicionero en medio del tráfico pesado requiere exactamente el mismo reflejo, el mismo golpe de cadera y la misma atención que sortear una piedra suelta en una trocha de la Orinoquía o una curva cerrada bajando hacia la Patagonia. La calle no perdona distracciones, no importa en qué rincón del mapa estés.
Bajo el casco somos anónimos. No hay estrato social, no hay edad, no hay títulos. La adrenalina no distingue si eres alguien tratando de sacudirse el estrés del trabajo en medio de la ciudad, una mujer devorando kilómetros en la soledad de la carretera, o un pelao descubriendo por primera vez qué se siente ser libre en una moto prestada. Ahí dentro todos somos lo mismo: pilotos buscando respirar.
Y no es solo romanticismo de carretera. Hay algo físico, casi primitivo en esto. Al rodar, la cabeza se limpia. Las preocupaciones no alcanzan a seguirte el ritmo cuando abres el acelerador; el ruido mental simplemente se queda atrás, flotando en el humo del escape. Es nuestra forma de meditar, solo que a 100 kilómetros por hora.
Por eso ese saludo en la vía —esa mano izquierda levantada apenas unos centímetros o el destello de luces al cruzarnos con un desconocido en medio de la nada— no es un compromiso ni una cortesía vacía. Es un código. Es un "te entiendo".
Entiendo las manos congeladas al coronar un alto en la madrugada. Entiendo el calor del motor quemando los tobillos en un trancón interminable. Entiendo la bota llena de barro, la ropa mojada hasta los huesos y la manía inexplicable de tomar siempre el camino más largo para volver a casa.
Al final, las máquinas cambian y las rutas terminan. Pero el pavimento raspa igual en cualquier país, el viento pega con la misma fuerza y la libertad sabe idéntico para todos.
Todos cortamos el mismo viento. Nos vemos en la ruta.
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